viernes, 4 de noviembre de 2022

II CONCURSO RELATOS CORTOS ESPECIAL WARHALLOWEEN - RELATO DE GEHEIMNISNACHT

¡Saludos, jóvenes noveles y valerosos caballeros!

Como muchos nos lo habéis pedido, hoy os traemos el relato que ha salido ganador según las votaciones del jurado, RELATO DE GEHEIMNISNACHT de Sergio Pérez, disfrutadlo.


Geheimnisnacht, la noche de los misterios. 

¡Cómo la odiaba! 

Desde luego no por miedo, como les ocurría a esos paletos supersticiosos de sus vecinos. Tampoco por la siniestra luz verdosa que Morrslieb proyectaba sobre las casas, ni por la intensidad con la que los bramidos de las bestias llegaban desde el cercano Drakwald.

La odiaba por algo muy distinto. 

Desde por la mañana, los aldeanos se habían afanado en reforzar las puertas de sus casas, tapiar las ventanas con tablones y encerrar al ganado en los establos. Ofrendas a Taal adornaban todos los hogares, que acumulaban pieles y cráneos de animales conforme se iba acercando el ocaso.

Caminaban cabizbajos, como si temieran atraer la atención de algo indeseado, hasta la rústica capilla de madera y piedra sin labrar dedicada a su dios, donde perdían el tiempo rezando plegarias y suplicando protección.

Murmuraban entre ellos absurdos rumores de todo tipo. Animales y niños que amanecen mutados, cosechas pudriéndose de la noche a la mañana, hombres rata acechando en los pozos… ¡Bah! ¡Qué harto estaba de todas esas estupideces!

Se lamentó, no por primera vez, de haber tenido que abandonar su querida Altdorf por aquella aldea de Talabecland, situada en las lindes de un bosque abandonado por la mano de Sigmar. La vida allí era tranquila y, al contrario que en su ciudad natal, había trabajo de sobra con el que mantener a su hijo. Sin embargo, aún no había conseguido acostumbrarse a la incultura, la falta de modales y las supersticiones de sus gentes. Desde luego, él no permitiría que todas esas majaderías arraigaran en el pequeño.

Con estos pensamientos en mente llegó hasta su casa mientras caía la noche, y tras echar un último vistazo al pueblo ya desierto, abrazó al niño y cerró la puerta. Con una sola vuelta de llave. Sin tablones ni trancas. 

 

Horas más tarde se encontraba en su lecho, tumbado cómodamente y tratando de conciliar el sueño. Un sueño que no llegaba. En su lugar, una extraña sensación invadía su cuerpo; su corazón palpitaba más fuerte de lo normal, un hormigueo recorría su piel y su oído captaba demasiados sonidos. Seguro que eran imaginaciones suyas, al igual que la cercanía con la que sonaban los berridos provenientes del bosque. En cualquier caso, serían solo algunos ciervos en celo. Al fin y al cabo, el Conde Elector organizaba con frecuencia batidas para limpiar de hombres bestia los alrededores de todas sus aldeas… ¿no?

De pronto ya no le parecía tan buena idea pasar la noche solos en su pequeña casa sin fortificar.

Se dio media vuelta y trató de desechar esos pensamientos. Estaba a salvo en territorio imperial y su hijo dormía plácidamente en la estancia de al lado. 

Así, poco a poco, se fue sumiendo en un sueño ligero e intranquilo.


No sabía cuánto tiempo había pasado cuando algo lo despertó de golpe. ¿Qué demonios había sido eso? Juraría haber escuchado un ruido, el tipo de sonido que indudablemente proviene de un animal. Cerca. Demasiado cerca. No en los alrededores de la aldea, sino a escasos pasos de donde se encontraba.

Con el corazón latiéndole desbocado, se levantó y, muy despacio y en silencio, se dirigió hacia la ventana junto a su lecho. La mano le temblaba mientras la acercaba al postigo de madera. Al apoyarla en la manija, respiró profundamente y se obligó a abrirlo levemente. “Bum bum”, “bum bum”. Solo podía escuchar su propio corazón martilleando mientras se asomaba al exterior. Lentamente sacó la cabeza y, escudriñando la noche bajo la tenue luz de Morrslieb, pudo observar… nada. Todo estaba en completa calma. 

Se maldijo a sí mismo por dejarse influenciar por los temores de sus vecinos, él no era el tipo de persona que se asusta por cuentos absurdos. 

Y sin embargo, no pudo evitar dar un respingo cuando escuchó una voz temblorosa en la oscuridad tras de sí.

– Papá, no puedo dormir.

Tranquilizó al niño con fingida calma, afirmando que no había nada de lo que preocuparse y mandándole de vuelta a dormir. Él hizo lo mismo, tapándose con la raída manta mientras trataba de pensar en otros asuntos. Tras varios minutos que le parecieron horas, el cansancio acumulado y el sueño por fin actuaron, y se durmió.


Se incorporó bruscamente y se levantó de un salto; esta vez no había sido su imaginación. Estaba completamente seguro. Acababa de escuchar el mismo sonido de antes, pero esta vez había sido mucho, mucho más cerca. ¿Acaso estaba en el interior de la casa? “¡Bum bum”, “bum bum”, “bum bum!” De nuevo el estruendo de sus propios latidos invadió sus oídos, con la sangre palpitando en sus sienes. Sus manos temblaban incluso más que antes mientras buscaban en la mesa una vela y el encendedor de chispa.

Cuando tras varios intentos logró encender una pequeña llama, la dirigió hacia la puerta. Ésta se encontraba perfectamente cerrada, al igual que las ventanas. Por eso se sobresaltó tanto cuando, al darse la vuelta, iluminó tenuemente a la figura que se alzaba en mitad de la estancia.

Con los ojos desorbitados, observó cómo la deforme cabeza de la criatura, similar a la de una cabra y coronada con dos pequeños cuernos, se acercaba hasta su cara. Derramando saliva, abrió una boca llena de dientes de la que surgió una voz gutural.

– PAPÁ, NO PUEDO DORMIR.

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